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La palabra puede curar

¡La palabra sana! le dijo José Saramago a un médico que no dialogaba con sus pacientes y se limitaba a prescribir, sin percatarse que su consulta abundaba en recetas, pero estaba huérfana de comunicación. El Premio Nobel de literatura añadió: lo escrito está mudo hasta leerlo en voz alta.

Conectar la esperanza

La conexión entre médico y paciente es fundamental para una buena relación terapéutica, ya que conforma el marco del arte dialogal de la medicina, al punto de afectar a ambos un quiebre de la empatía.

Los seres humanos del inicio tenían la confusión de lo innombrado… y fue preciso acuñar el lenguaje. El fuego se domesticó, la deglución mutó a gastronomía, el amor tiñó el instinto, los petroglifos se vistieron de arte y el gruñido inventó conversaciones. ¿Por qué la enfermedad seguía prevaleciendo sobre la curación?

El temor a las dolencias siempre existió. La época actual lo amplifica. En tal encrucijada, la medicina acrisolada por Asclepio e Hipócrates suplica no olvidar su esencia preventiva y comunicacional, además de utilizar moléculas terapéuticas, amor y sentido común para lograr la unión de los opuestos en el binomio enfermedad-salud. Un empeño que comparte Megalabs.

Salud y placer

La historia recuerda que, cuando en un extremo del mundo nacía Gengis Kahn para exterminar, en el otro lo hacía Francisco de Asís para abrazar al Hermano Lobo. Mientras se alzaban los muros lúgubres de I Piombi el Tiziano pintaba Venecia… y Savonarola prendía hogueras en Florencia en tanto Miguel Ángel esculpía La Pietá.

Los héroes homéricos curaron su melancolía conversando. Poetas, artistas, cocineros y compositores saben que palabras, colores, aromas y sonidos pueden aliviar patologías. Thomas Mann escribió La montaña mágica en un hotel de Davos al cual acudió en busca de salud. Como médico, sabía que curar es un pacto entre los seres y la naturaleza.

En ese hotel tuvo Mann consultas placenteras. Galenos sin bata lo auscultaron en su habitación. Él, huésped y no doliente, miraba por la ventana las cumbres nevadas. Tal herencia -grecorromana y árabe- de salutífero optimismo perduró en balnearios europeos, en los jardines de Baden Baden pletóricos de fuentes, en las termas de Aquisgrán. Quizá no eran -stricto sensu- santuarios médicos, pero lo fueron de la vida, la mesa y el amor. Tao te Kin sugiere trazar sólo puerta y ventana para construir una habitación saludable: lo demás es imaginativo espacio.

Compañeros: cumpanis

Los enfermos, náufragos exhaustos de asilos mercantiles e impersonales, al llegar a Davos se convertían en seres con nombre propio, capaces de inaugurar apetito y deseo. Por la mañana dejaban la habitación, que no era una gélida terapia intensiva, sino un lecho tibio por el encuentro primordial. Luego se sumergían en aguas termales a conversar de cualquier tema excepto reuma o vejez.

Sus sentidos retoñaban para compartir pan, vino y lectura al cobijo de una medicina que escuchaba al paciente: Avicena la enseñó en Bagdad, Maimónides en Córdoba y Asclepio e Hipócrates junto al Egeo (en la Antigua Grecia que alumbró Tragedia y Comedia).

También ’curaba’ la Poética del oráculo en Delfos, de la cual bebería Pablo Neruda:

Salud amor, salud por todo lo que cae y lo que florece.

Salud por ayer y por hoy, por anteayer y mañana.

Salud por la noche y el día y las cuatro estaciones del alma.

 

José Antonio Sáenz. Médico Psiquiatra y escritor. Revista Medicina Vital/Arte y Literatura. San Cristóbal/Bogotá, junio de 2007. Actualizado para MegaEstelar.

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